Tarde o temprano, esa profunda disyuntiva iba a impactar en su discurso. Y el proceso interno de Morena aceleró todo lo que venía en camino. Para Verónica Díaz Robles no hay ruta sencilla: no puede negar su pasado, ni recomponer su presente. Su carrera política, aunque propia, es imposible deslindarla del equipo que la arropó. Así como han arropado a muchos y muchas.

Teóricamente fue fundadora de Morena, pero militaba entonces en el Partido del Trabajo. Cuando el “monrealazo” de 1998, dice que ya promocionaba un movimiento que nació décadas después. Cómo lo hizo, no sabemos. Estuvo en los tiempos de ruptura del PRD, cuando los de Puebla del Palmar migraron al partido de Alberto Anaya Gutiérrez.

Formó parte de la estructura del PT en Zacatecas, al tiempo que realizaba distintas tareas en la Cámara de Senadores como parte del equipo cercano del entonces legislador David Monreal. Según sus declaraciones, su carrera política incluso habría iniciado como gestora en la administración municipal del de Fresnillo.

Si bien, en lo civil decidió romper lazos matrimoniales con Luis Enrique Monreal Ávila, nunca se alejó de la familia con la que hizo política durante años. Si hubo conflictos de por medio, y si no hay comunicación entre algunos de ellos (como también lo aclaró en alguna entrevista radiofónica), su identidad “monrealista” nunca la ha negado.

Aquí nada tienen que ver los descendientes del anterior matrimonio. El gran problema de su narrativa es que la gente entiende el nepotismo por el pasado de lealtades que construyó con los de Puebla del Palmar. Que, a estas alturas, no le interesa desconocer, sino, por el contrario, demostrar como una especie de “unidad”.

Si la Comisión de Elecciones de Morena decide que el cuarto grado por afinidad no se considera nepotismo, eso no va a cambiar lo que la gente hoy opina de la senadora con licencia en redes sociales y en la conversación pública. Zacatecas, además, es un lugar pequeño en donde la mayoría se conoce por “referencias”.

Ahora bien, de los posibles seis finalistas que ofrece Morena en su contienda interna a nivel estatal, en su mayoría han tenido afinidad con el apellido Monreal. El mismo Ulises Mejía Haro, Geovanna Bañuelos de la Torre, Julia Olguín Serna y Zaira Ivonne Villagrana Escareño, convivieron de cerca con la familia, de una u otra forma.

La diferencia es que la relación de Ulises terminó en una confrontación pública que ha durado años, y a Geovanna simplemente la marginaron de aquel centro de poder que patrocina el apellido. ¿De qué otra forma la gente podría identificar en las encuestas la cercanía o distanciamiento de esos aspirantes, si no por los episodios políticos recientes?

Verónica tampoco es la aspirante oficial de la sucesión, según su óptica. En los hechos, sus informes legislativos la bautizaron como la que tomará la batuta cuando David concluya su sexenio. Incluso en sus eventos él la presenta como la que “seguirá al mando” después de que termine su administración. Eso es lo que él espera de ella.

Sin embargo, la legisladora con licencia tampoco quiere ser la “sucesora”, aunque sí lo sea. No quiere estar cerca de David, pero quiere que toda la estructura del gobierno estatal se encuentre a su entera disposición en cualquier momento. No quiere una “herencia maldita”, ni mete las manos al fuego por la nueva gobernanza.

Es, pero no es (aplica para nepotismo y sucesión por igual). En su lenguaje no existe la administración de David Monreal Ávila, pero convive con esta todos los días. Y ese es un problema de indecisión que no va a terminar con un deslinde del pasado, como tampoco quiere tomar en sus manos a ese gobierno que tendría que aprender a publicitar de otra manera.

Luego se dedica a hablar de la “derecha” de forma genérica. Ni siquiera puede apuntar con precisión en contra de los opositores locales. Esa tarea se la deja a Rubén Flores Márquez, ahora conocido por los dimes y diretes que abrió con el obispo Sigifredo Noriega Bareceló que concluyeron en una reprimenda desde Puebla del Palmar.

A diferencia de Rodrigo Reyes Mugüerza, para Verónica no hay logro alguno que pueda presumir de esta administración. Porque está en el medio de la nada, hablando del segundo piso de la transformación, mientras la conversación pública no le quita el estigma de su cercanía con el apellido Monreal, aunque según Citlalli Hernández Mora, eso no sea nepotismo.

Mientras más tarde en tomar la definición que debe de tomar, porque es imposible negar lo innegable, la opinión pública sólo se va a enfocar en su contexto personal. ¿O en verdad cree que el sexenio de David es algo que deba de esconder de su lenguaje cotidiano? ¿No hay acierto alguno que le merezca relevancia en su discurso?

Rodrigo declinó a participar en el proceso interno guinda. Eso convierte a Verónica en lo que es: la única aspirante que puede hablar por David, sin ser David. Que sus asesores no sepan cómo vender esa narrativa y le sugieran a la senadora con licencia permanecer en la región gris de la indefinición, es otro más de sus problemas. Porque Verónica podrá no ser una Monreal, pero sí es una monrealista. Y niéguenlo.


#Casualidades: A propósito de la narrativa oficial, el titular de la Secretaría General de Gobierno ayer negó que el personal burocrático reciba presiones para presentarse a ciertos mítines de la senadora con licencia, Verónica Díaz.

Rodrigo llevó el tema al libre albedrío de la plantilla laboral, pues dicho activismo lo podrían realizar en horarios fuera de oficina. Una declaración que más bien le pertenecía a la aspirante oficial que dice que no es la aspirante oficial.

No obstante, como en la nueva gobernanza Reyes Mugüerza es de los pocos secretarios que tiene acceso a la prensa, ayer le regaló una línea discursiva a la abultada nómina de reporteros/guaruras que acompañan a Verónica a sus mítines.

No sólo son caros, además caen en lo absurdo. Pero, ese es el equipo de las viejas confianzas de la Secta del Bienestar. Un cambio profundo en su estrategia no les vendría nada mal, ahora que los aplaudidores están muy bien identificados en las redes sociales y han perdido credibilidad a pasos agigantados.

Aunque en dos meses no se enderece un barco que tiene fugas por todos lados, al menos podrían ayudar a que no se hunda tan rápido. Todo dependerá qué tan en serio se tomen los próximos 60 días. En Palacio Nacional las líneas son muy claras: basta con ver las encuestas que han publicado en El Heraldo y El Universal.

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